El hijo del Conurbano: entre la comodidad y la responsabilidad

- Publicidad -

Una mirada crítica sobre la figura social que espera todo del Estado, convierte la victimización en bandera y enfrenta a diario al hermano trabajador que sostiene el país. 

En el conurbano bonaerense se repite una figura social que parece instalada en el imaginario colectivo: la del hijo cómodo. Ese que creció convencido de que alguien más —siempre el Estado— debía hacerse cargo de su vida, darle techo, comida y hasta sostener los hijos que eligió tener sin haber terminado sus estudios, sin conocer límites y rodeado de vicios.

- Publicidad -

Ese hijo convirtió las malas conductas en trofeos y redujo la idea de familia a un lazo de sangre materno. Con el tiempo, se acostumbró al papel de hijo mantenido: si se queda sin trabajo, la culpa es del Estado; si sus hijos abandonan la escuela o terminan presos, otra vez es el Estado el culpable, ese que además construye “cárceles injustas” donde debe pagar por los daños que sus propias acciones generan.

En las calles reclama “justicia”, convencido de que los recursos del país deben financiar su tren de vida y el de sus hijos, amigos y conocidos. Para él, la política es apenas el mecanismo que le permite seguir recibiendo todo de arriba, como cuando estaba bajo el techo materno. Su país ideal es un país de ensueños: con todo gratis, sin trabajo, sin estudio, sin límites ni responsabilidades. Cuando ese ideal no se cumple, siempre queda el recurso de culpar, golpear, romper y exigir.

El cuento de nunca acabar.Los Gobiernos de turno, por conveniencia, suelen aplaudir este estilo de vida. Cuando lo sostienen, son “los mejores padres”; cuando le cortan los víveres, se vuelven los padres crueles e injustos.Ese hijo sabe jugar el rol de víctima. Afirma que lo discriminan, que “los chetos, los ricos” lo quieren obligar a trabajar.

Claro, porque para él el hermano que madruga, que paga con esfuerzo sus diversiones y necesidades, no conoce la pobreza: es solo un amargado sin descanso.“¿Pensás que los que tienen plata son felices?”, pregunta el hijo cómodo. Y se responde: “El pobre es feliz”. Aunque en realidad no es la pobreza lo que lo define, sino la comodidad de vivir siempre a costa de otros.La escena queda abierta: un país dividido entre el hijo cómodo y el hermano trabajador, entre la excusa y la responsabilidad. Una crónica argentina que todavía se sigue escribiendo.

Por Andrea Elvira Abrigo.

ULTIMAS NOTICIAS