Visitar y admirar joyas patrimoniales de un siglo atrás permite conocer aquella opulencia que distinguía a la alta sociedad vinculada a la actividad agroganadera y al desarrollo urbano de la aristocrática zona de Recoleta, en la ciudad de Buenos Aires.
Carlos Basavilbaso encargó, en 1923, el diseño y construcción de la propiedad al arquitecto Alejandro Virasoro, pionero en introducir el Art Déco en Argentina. Esta vivienda familiar fue concebida como un petit hotel señorial de cuatro plantas con recepción de honor, biblioteca y salones de banquetes, en la esquina de Ayacucho y Pacheco de Melo.
Sorprende la gran escalinata de mármol de Carrara de estilo imperial que sirve como eje central del edificio para conectar la planta baja con los salones del primer piso. Aunque la fachada exterior del palacio responde al academicismo francés, el arquitecto Virasoro rompió con lo clásico en los interiores e intervino los muros y los pináculos de esta escalera imperial con formas geométricas y detalles vanguardistas propios del Art Déco.
Durante ocho décadas funcionó orgullosamente como sede principal del Club Sirio Libanés de Buenos Aires.
El ayer y el hoy
La crisis socioeconómica de 1929 obligó a ésta y muchas otras familias acaudaladas a vender sus costosas residencias. A partir de 1938, la propiedad tuvo nuevos dueños: el Club Sirio Libanés de Buenos Aires, una institución representativa de la pujante comunidad que se establecía en estas tierras y convirtió al palacete en su sede social y de gala. Se transformó en el centro neurálgico de reunión social, diplomática y cultural para las colectividades de la zona y, especialmente, para eventos protocolares, recepciones diplomáticas y reuniones sociales de la propia comunidad sirio-libanesa. Así funcionó durante más de 80 años. Esa historia que hace del palacete un símbolo de integración tiene continuidad en el presente.
El inmueble, aún ligado patrimonialmente a la institución, atravesó un cuidadoso proceso de restauración que le permitió reabrir sus puertas como espacio cultural, de eventos corporativos y sociales, ofreciendo de martes a domingos una buena propuesta gastronómica y cafetería de especialidad al público general. Haciendo un guiño a la historia de la colectividad propietaria, la propuesta Fusión muestra una carta que combina gastronomía árabe e internacional (humus, falafel, baklava, dátiles, junto a pesca del día y cortes clásicos).
El empresario gastronómico que junto a un grupo de inversores se encarga de la concesión gastronómica, se ocupó también de la puesta en valor cultural y edilicia. El trabajo incluyó recuperar maderas y vitrales originales, aberturas de hierro forjado, herrerías y arañas de cristal, además de acondicionar la antigua biblioteca y los salones para que luzcan su refinada elegancia tradicional.
Un rico café o una merienda en el envolvente clima del apogeo patrimonial porteño es un excelente plan.







