Felipe Varela en Salta: el hombre que no venía matando

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Año del Señor de 1867. La mañana del 10 de octubre amanece con un clima tenso en Salta. Un murmullo uniforme cubre a la ciudad entre ruidos de carros y palas que cavan trincheras en los principales accesos. ¡Vienen las hordas de Felipe Varela! Es el grito desgarrador que desencaja los rostros de todos porque «Felipe Varela, matando viene y se va», cantará la zamba más de un siglo después.

Pero… ¿Es así? ¿Felipe Varela «matando viene y se va»? Si lo fuera ¿Por qué razón cometería estas tropelías?

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Desde los cerros del Tacuil, Varela viene bajando hacia Salta perseguido por las tropas del coronel Octaviano Navarro, que ya le pisa los talones. Navarro era catamarqueño y originalmente de cuna federal (había sido aliado del Chacho y de Derqui), aunque en ese contexto actuaba bajo las órdenes de las fuerzas nacionales del gobierno de Mitre persiguiendo a las montoneras federales.

Para Varela, tomar Salta no es un capricho de bandolero. Varela, necesita pertrecharse y alimentar a la tropa.

La ciudad amanece sitiada por la montonera de Varela, quien ha intimado al gobernador Sixto Ovejero, a rendir sus armas, cumplir sus requerimientos de aprovisionamiento y entregar los dineros públicos a cambio de no ingresar a la ciudad y respetar su persona, la vida y bienes de los ciudadanos.

La parte más granada de la sociedad -mujeres y niños- se han refugiado en el templo de San Francisco y dos franciscanos parten hacia el Campo de la Cruz a pedirle a Varela por la integridad de los refugiados.

Decido acompañarlos para entrevistar a Felipe Varela. El periodismo debe ser presencial, de lo contrario, corre el riesgo de contar una versión distorsionada que afectará a la verdad histórica. Como ha ocurrido siempre en nuestro país.

El Campo de la Cruz aparece delante de nosotros como una extensión de polvo, caballos y hombres armados. A lo lejos se distingue el movimiento de la tropa. No es el ejército desordenado de una gavilla de salteadores que las crónicas señalan. Hay disciplina, oficiales, caballos ensillados y una extraña quietud en medio de la guerra.

Preguntamos por Felipe Varela. Un soldado apoyado en las ancas de su cabalgadura y que juega con la punta de su lanza en un hormiguero nos señala a un hombre que conversa con algunos de sus oficiales.

Lo observo antes de acercarme y mi primera impresión me desconcierta. No encuentro al bandolero que describen todos. Varela tiene un porte firme, casi aristocrático. Su figura no necesita de alardes para imponerse. Viste como un hombre de armas, pero hay en sus maneras algo que revela educación y trato de sociedad. Habla con sus hombres sin levantar innecesariamente la voz. Escucha. Mira directamente. Tiene esa clase de autoridad que no necesita ser explicada porque los demás parecen reconocerla naturalmente.

Y hay algo más inquietante: parece un caballero. Entonces comprendo que quizá allí está precisamente el hombre que he venido a buscar. No el Varela de las leyendas, ni el de los partes militares, ni el de las canciones, sino el hombre que puede explicar al otro.

Los dos franciscanos avanzan unos pasos delante de mí. Varela los ve y los frailes le imploran que respete el asilo conventual de los ciudadanos. Se afina la punta derecha de su bigote y les responde:

– ¡Jamás tocaría a los franciscanos, pues me he educado con ellos y les tengo mucho cariño! Los frailes vuelven sobre sus pasos y avanzo. Entonces me encuentro con el caudillo y me digo «No hay nada en este hombre que se parezca al monstruo que la historia me había mandado a buscar.»

Me mira y con rudeza inquiere:

– ¿Y usted, quién es? ¿Qué busca?

Me presento y le manifiesto mi intención de conversar con él para retratar esa crónica de los sucesos. Asiente con un refunfuño. Ensayo mi primera pregunta:

—General Varela, ¿qué hace un caudillo como usted entrando con sus hombres en una ciudad como Salta? ¿Qué guerra es ésta que lleva a paisanos a combatir contra paisanos?

Varela me mira unos segundos antes de responder. Su mirada es tan filosa como sus lanzas. El rictus de sus labios delata su carácter fuerte.

—La guerra no comenzó en el interior, señor. Comenzó cuando Buenos Aires decidió que la Confederación debía someterse a su voluntad. El resutado de Pavón, con el retiro de Urquiza, cambió el destino de la República, pero no resolvió el conflicto, lo trasladó al interior. Desde entonces, las provincias han visto cómo se imponía desde Buenos Aires un orden que muchos no aceptamos.

Hace una pausa y agrega:

—Yo no he venido a conquistar Salta. Mi derrotero por las provincias tiene el fin de combatir a quienes sostienen ese orden. La guerra civil no se hace contra ciudades: se hace contra gobiernos. El problema es que, cuando los gobiernos ponen sus ejércitos en medio, las ciudades terminan pagando la cuenta.

Aquella última frase me deja pensando. Mientras tanto, para la defensa se levantan en la ciudad catorce barricadas y se cavan trincheras bautizadas con los nombres de las catorce provincias argentinas. La República, esta vez, no está escrita en un papel. Está hecha de tierra, piedras, fusiles y hombres que esperan.

— General, ¿cuándo decidió que su destino era levantarse en armas contra el gobierno de Mitre?

Varela baja la mirada por un instante… y responde:

— Mire, después del retiro de Urquiza en Pavón, la Confederación quedó desarticulada y, en los años siguientes, los gobiernos provinciales que resistieron la hegemonía de Buenos Aires fueron sometidos por las armas.

Hace una pausa y carga la siguiente respuesta de indignación.

— El asesinato vergonzoso del Chacho Peñaloza en Olta, en 1863, que fue degollado cuando se había rendido, me convenció de que aquello ya no era una disputa política. Para muchos de nosotros, aquello fue la prueba de que ya no había garantías para quien se levantara contra el poder de Buenos Aires. Desde entonces comprendí que, si no se resistía, las provincias terminarían reducidas a obedecer.

—General, entonces esto no comenzó con la guerra contra el Paraguay. ¿De dónde viene realmente este conflicto?

Varela acomoda las riendas mientras mira hacia la ciudad.

—No, señor. La guerra del Paraguay fue apenas el último capítulo de una disputa mucho más antigua. Desde la organización del país venimos enfrentando dos maneras de entender la República: una que pretende concentrar el poder en Buenos Aires y otra que defiende la autonomía de las provincias. Esa resistencia federal nos llevó a las armas.

—¿Y allí se convirtió en un combatiente itinerante, digamos?

Varela niega lentamente con la cabeza.

—Entonces comprendí que algún día tendríamos que tomar las armas. La ocasión llegó después.

– ¿Y Salta… qué tiene que ver en todo esto?

El hombre, desde su altura, levanta la cabeza oteando nuevamente hacia la ciudad, como un felino que olfatea a su presa, donde ya se fundieron hasta los tipos de la Imprenta de los Niños Expósitos para fabricar munición. Entonces dice:

—La derrota de Pozo de Vargas contra los santiagueños de Taboada me obligó a retirarme hacia Bolivia. Octaviano Navarro venía detrás de nosotros y mis fuerzas estaban dispersas, pero la guerra no había terminado. Regresé para reorganizar mis hombres y continuar la resistencia y Salta es un punto de paso estratégico del norte y por eso vine hasta aquí.

—¿Piensa tomar la ciudad para hacerse fuerte y continuar desde aquí su campaña?

—Salta es importante, pero no es mi destino final. Necesito atravesarla, reunir fuerzas y asegurar mi comunicación con el norte. Después seguiré hacia Jujuy y buscaré nuevamente la frontera.

Mi propósito es mantener viva la resistencia contra Buenos Aires, no establecerme en Salta.

Con los modos de un hombre de campo traviesa, dispone su cabalgadura y ensaya buscar el estribo con su pie izquierdo. Comprendo que el diálogo ha terminado, pero ha quedado claro por qué Varela estaba sitiando Salta, sus antecedentes y su destino.

Alcanzo a preguntale -ya montado el caudillo-, mientras el viento levanta una polvareda seca que ensombrece el Campo de la Cruz.

—General, el gobernador Ovejero ha rechazado su intimación. Las barricadas están listas. Si avanza, el combate en las calles será inevitable.

Varela no se conmueve y apenas sentencia:

— Lo siento mucho por los civiles, pero no actué como salteador ni bandolero. No soy el Atila criollo que viene arrasando en busca de su gloria personal. Conduzco una lucha de principios: queremos la autonomía de las provincias, el federalismo, contra le hegemonia de los señores de frac porteños que sólo miran sus negocios y sus asuntos de poder.

Ajusta la empuñadura de su espada, clava los espuelas y da la orden a sus jefes de columna. El tiempo de las palabras se ha terminado.

El reloj de la Catedral marca las dos de la tarde cuando se desata el infierno. La calma del Campo de la Cruz se rompe en una estampida de cascos, gritos de guerra y el estruendo sordo de los primeros cañonazos. Los hombres de la «Unión Americana» avanzan sobre la ciudad divididos en varias columnas de ataque.

Acompaño el despliegue desde una distancia prudencial, entre el humo de la pólvora y el ensordecedor repique de campanas que llaman a rebato. Salta no es una plaza abierta: es una trampa de ladrillo, adobe y trincheras. En la barricada «Tucumán», la resistencia de la guardia nacional y de los vecinos empuñando viejos fusiles retrasa el avance de la vanguardia montonera. El fuego cruzado cae desde las azoteas; las mujeres abastecen de munición a los defensores mientras en el templo de San Francisco se elevan murmullos de oración. La «Campana de la Patria», aquella fundida con los cañones ganados al español en la Batalla del 20 de Febrero, tañe como un grito desgarrador que llama a evitar derramar sangre de paisanos. Que primero sea la Patria. Pero el fragor de la batalla ahoga su súplica de bronce.

«El reloj de la Catedral marca las dos de la tarde cuando se desata el infierno».

La embestida de Varela es irresistible. A fuerza de lanza y coraje, sus tropas van desarticulando uno a uno los puntos de contención. Para las cuatro de la tarde, las trincheras han cedido. Varela penetra hasta el mismísimo corazón de la ciudad. El centro es un caos de hombres a caballo desfilando entre el humo, puertas atrancadas y el eco de los disparos rezagados.

Durante casi tres horas, Salta queda bajo el dominio absoluto del caudillo. Es el momento en que la leyenda del «Atila de los llanos» presagiaba el saqueo y la degollina. Pero la realidad impone otra conducta.

Varela se instala provisionalmente y exige lo que vino a buscar: pertrechos, cabalgaduras frescas, dinero de las arcas públicas para sostener a su gente y ropas para sus soldados extenuados. Hay desmanes aislados. Un monontero penetra en una casa ubicada alrededor de la plaza central. Una mujer ruega por su vida, pero el hombre señalando le dice:

– ¡Quiero esas botas! La toma y se va.

La órdenes de Varela son estrictas: se respetan los templos, se evita la masacre inútil y no hay persecución sobre la población civil refugiada.

A las cinco y media de la tarde, con la polvareda del combate todavía en suspensión sobre la plaza, llega la noticia alarmante para los montoneros: la vanguardia de las fuerzas nacionales al mando del general Octaviano Navarro y el coronel Juan Castro ya se divisa en los accesos a la ciudad. Varela sabe que no puede permitir que lo encierren en un combate urbano contra un ejército bien pertrechado.

Con la misma rapidez con la que entró, Varela ordena el repliegue. No hay festejo de victoria ni intento de afianzarse en el poder local. Salta ha cumplido su trágico papel de escala forzada.

Mientras el sol de la tarde cae sobre los cerros, desdibujando la silueta de los montoneros que marchan a toda prisa rumbo al norte -hacia Jujuy, hacia el inevitable exilio boliviano-, camino por las calles ensangrentadas de la ciudad. Las barricadas de tierra están sembradas de casquillos y lanzas rotas.

Me detengo a mirar el humo que aún sale de las troneras improvisadas, recordando los ojos firmes y la voz pausada de Felipe Varela en el Campo de la Cruz. Comprendo entonces, que Salta no presenció hoy el paso de un monstruo sediento de sangre, sino el desesperado y agónico manotazo de ahogado de un país federal que se negaba a morir.

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