Los artesanos de la totora recuperan un humedal urbano en Santiago de Chile con ayuda de los saberes ancestrales

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A primera hora, cuando Santiago de Chile aún no irrumpe con su ruido, el humedal urbano del canal San Ignacio mantiene un equilibrio frágil. Allí, en la comuna de Quilicura, la totora crece como barrera viva entre la ciudad y el agua.

En ese escenario, los totoreros avanzan con pasos medidos. Con herramientas simples y conocimiento preciso, seleccionan qué cortar y qué dejar crecer para no alterar el flujo.

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Así, el oficio artesanal se transforma en una tarea ambiental clave dentro de una de las zonas más industrializadas de la capital.

Un saber antiguo frente a problemas modernos

Durante décadas, los canales de Quilicura recibieron residuos, vertidos y materiales pesados. En consecuencia, la totora fue vista como un estorbo.

Sin embargo, con el tiempo se comprobó que esta planta cumple un rol central en la depuración natural del agua. Sus raíces filtran contaminantes y retienen sedimentos.

Por eso, el conocimiento de los totoreros dejó de ser marginal y pasó a ser parte de la estrategia de restauración del humedal.

Los artesanos de la totora recuperan un humedal urbano en Santiago de Chile con ayuda de los saberes ancestrales. Foto: El País.
Los artesanos de la totora recuperan un humedal urbano en Santiago de Chile con ayuda de los saberes ancestrales. Foto: El País.

Humedales urbanos bajo amenaza constante

En la Región Metropolitana se identificaron decenas de vertederos ilegales, muchos aún activos. La mayoría se concentra en comunas periféricas como Quilicura.

Este fenómeno acompaña el crecimiento urbano sin planificación adecuada y genera presión sobre corredores ecológicos que aún conectan la ciudad con otros cursos de agua.

Aun degradado, el canal San Ignacio sigue siendo un refugio para aves, mamíferos y especies ribereñas que atraviesan la trama urbana.

Restaurar sin destruir el ecosistema

Frente a esta realidad, el municipio impulsó su declaración como humedal urbano. Con apoyo de organizaciones sociales, comenzaron tareas de limpieza y monitoreo.

En paralelo, se integró a los totoreros en un plan de manejo que prioriza la poda selectiva y evita el uso de maquinaria pesada. De este modo, se protege la vegetación existente y se refuerza su capacidad de mejorar la calidad del agua.

Cómo esta iniciativa beneficia al medio ambiente

El manejo controlado de la totora reduce la turbiedad del agua y disminuye la presencia de metales asociados a residuos urbanos. Así, el canal actúa como filtro natural.

Además, al llegar más limpia al océano Pacífico, el agua reduce su impacto sobre los ecosistemas costeros, cerrando un ciclo de protección ambiental.

A esto se suma la conservación de la biodiversidad local, ya que la vegetación ofrece refugio y alimento para aves y fauna nativa.

Los artesanos de la totora recuperan un humedal urbano en Santiago de Chile con ayuda de los saberes ancestrales. Foto: El País.
Los artesanos de la totora recuperan un humedal urbano en Santiago de Chile con ayuda de los saberes ancestrales. Foto: El País.

El humedal como espacio educativo y comunitario

En la actualidad, el canal San Ignacio suma pasarelas, puntos de monitoreo y señalización ambiental. Estos elementos facilitan el cuidado y previenen nuevos vertidos.

Durante la nidificación, las intervenciones se reducen para proteger a las aves. La gestión se adapta al ritmo del ecosistema.

Además, escuelas y vecinos recorren el humedal, aprenden sobre la totora y reconocen su valor dentro del barrio.

Un modelo replicable para otras ciudades

La experiencia de Quilicura demuestra que la restauración urbana puede apoyarse en saberes locales y soluciones basadas en la naturaleza. Lejos de erradicar la vegetación, cuidarla permite recuperar agua, biodiversidad y vínculos comunitarios.

Así, el canal San Ignacio deja de ser un borde olvidado y se convierte en un eje ambiental que redefine la relación entre ciudad y naturaleza.

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