Alimentar fauna silvestre en jardines y zonas urbanas es una práctica habitual en muchos lugares, sin embargo, expertos advierten que esto puede generar riesgos significativos.
Es que, según un nuevo análisis de la Universidad Tufts, de Boston; Estados Unidos, esto puede dañar tanto los ecosistemas como la salud pública.
Profesores del Departamento de Biología de esta institución señalaron que proporcionar alimento a animales en patios urbanos produce efectos diferentes a hacerlo en hábitats naturales. Además, existen implicaciones ecológicas y sociales que merecen atención.

Los beneficios limitados y riesgos crecientes de esta práctica
Según señaló Michael Romero, uno de los expertos consultados, la práctica de alimentar fauna silvestre en zonas urbanas no es 100% dañina. Sin embargo, sí tiene efectos negativos.
En una nota positiva, se sabe que los comederos para aves «probablemente reducen el estrés de las aves durante el invierno«. Esto ocurre ya que facilitan el acceso al alimento en épocas frías.
Su colega Michael Reed también añadió que esta práctica puede fomentar el compromiso ciudadano con la conservación: «Mucha gente ama a las aves porque las ve en sus comederos«.
Sin embargo, los especialistas insistieron en que nunca se debe alimentar fauna silvestre en entornos naturales como parques nacionales.
Esto se debe al peligro de que los animales desarrollen conductas agresivas hacia las personas.
Por otro lado, los especialistas señalaron que, si se hace a los animales «hace adictos a la comida humana», es contraproducente tanto pata estos como para las personas.
«Esto se debe a que empiezan a atacar a la gente para conseguir alimento«, recalcó Romero.

Además, el profesor también subrayó la importancia de evitar atraer especies portadoras de enfermedades, como «zorrillos y mapaches infectados con rabia». Además, también así como a «gatos y coyotes asilvestrados».
Por su parte, alimentar a fauna silvestre como las ardillas o dejar comida accesible para estas puede traer problemas adicionales.
Esto se debe a que, a menudo, esta práctica acaba atrayendo animales no deseados y potencialmente peligrosos para la seguridad doméstica.
Finalmente, la acumulación de restos de comida en espacios públicos puede atraer no solo aves, sino también roedores y otras especies oportunistas. Esto incrementa el riesgo de transmisión de patógenos y plagas.
El desequilibrio ecológico en zonas urbanas
Reed citó el caso del ganso canadiense, que hace cinco décadas no residía todo el año en el noreste de Estados Unidos. Actualmente permanece en esas zonas gracias a la abundancia de pasto disponible.
Esta presencia provoca conflictos en zonas residenciales. Esto ocurre ya que «estos pájaros defecan por todo el césped«, comentó Reed, remarcando que la disponibilidad constante de alimento favorece la permanencia de especies en áreas urbanizadas.
Las especies que prosperan gracias a la intervención humana suelen desplazar a otras nativas. Esto altera el equilibrio de los ecosistemas y afecta la biodiversidad local y la calidad de vida.
Diversos municipios comenzaron a implementar normativas que restringen o regulan la alimentación de fauna silvestre en plazas y parques. Este esfuerzo tiene el objetivo de prevenir conflictos y reducir la propagación de enfermedades.
Los expertos de la Universidad Tufts propusieron alternativas para favorecer la presencia de fauna sin recurrir a la alimentación directa:
- Reemplazar céspedes tradicionales por plantas autóctonas que sirvan de refugio
- Crear fuentes de alimento natural para polinizadores
- Diseñar jardines urbanos con vegetación nativa
- Respetar las normativas locales sobre fauna
- Promover educación constante sobre impactos ambientales
Reed recomendó consultar el libro Nature’s Best Hope, de Douglas Tallamy, donde se exploran enfoques basados en la vegetación local para lograr una convivencia responsable.
La responsabilidad de quienes disfrutan de la observación de animales en ciudades reside en buscar formas de apoyar la biodiversidad. Es necesario que sean sostenibles en el tiempo.
Así, la interacción entre humanos y animales puede ocurrir en un marco que beneficie tanto a las personas como a los ecosistemas urbanos. De este modo contribuye a ciudades más saludables y diversas.







