La suerte de Manuel Adorni dentro del Poder Ejecutivo parece haber echado su última carta, pero bajo una narrativa rigurosamente coordinada en los despachos oficiales: «Se va él, nadie lo echa». Esta es la máxima que repiten, casi con alivio, en las diferentes tribus que conviven en Balcarce 50. Tras soportar meses de un desgaste político y mediático descomunal que comenzó a espiralizarse en marzo —cuando estalló el escándalo por la inclusión de su esposa, Bettina Angeletti, en la comitiva oficial a Nueva York—, el jefe de Gabinete activó un mecanismo de salida que ya no encuentra la resistencia del presidente Javier Milei. En el entorno presidencial admiten que el humor interno cambió radicalmente y que, lejos de la resistencia épica del pasado, hoy se celebra la posibilidad de «volver a hablar de otros temas» de gestión.
La resistencia de los hermanos Milei a soltarle la mano a Adorni no respondía a una mera tozudez, sino a una filosofía de supervivencia frente a los embates ajenos. «No voy a revolear por el aire a un funcionario por las operaciones de la oposición y los medios», solía repetir el jefe de Estado en la intimidad de Olivos, convencido de que el frente judicial por presunto enriquecimiento ilícito no era más que una maniobra de desgaste dirigida directamente hacia su persona y la de su hermana Karina. Sin embargo, la acumulación de denuncias y la pérdida de la vocería —ahora formalmente en manos de Adrián Ravier— erosionaron los márgenes de maniobra, obligando al oficialismo a recalcular el costo de sostener al ministro coordinador.
El punto de inflexión definitivo ocurrió durante las últimas horas del jueves, en una conversación crucial entre la secretaria general de la Presidencia, Karina Milei, y la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich. Fue la titular de la cartera de Seguridad quien encendió las alarmas más urgentes tras la estrepitosa caída de una sesión clave en la Cámara alta: la oposición tenía minuciosamente articulada la mayoría necesaria para aprobar la próxima semana una histórica moción de censura contra el jefe de Gabinete. El diagnóstico técnico fue avalado incluso por los primos Martín y Eduardo «Lule» Menem desde la conducción parlamentaria, quienes alertaron que el margen se había agotado y que el impacto sobre las leyes prioritarias para el Ejecutivo sería devastador.
Con el regreso del mandatario al país previsto para este sábado, el escenario para sellar la salida formal del funcionario ya está montado, abriendo paso a intensas reuniones en la Quinta de Olivos durante el fin de semana. El desplazamiento voluntario de Adorni funciona como un fusible institucional para desactivar la «tormenta perfecta» que se gestaba en el Palacio Legislativo, donde bloques aliados como el PRO ya habían advertido públicamente que su permanencia era insostenible. Mientras el Gobierno se esfuerza por presentar el desenlace como una dolorosa decisión de índole personal, las terminales de La Libertad Avanza respiran con alivio al clausurar un flanco débil que amenazaba con llevarse puesta la iniciativa política del oficialismo.
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