
La Quiaca volvió a escuchar un anuncio de los que tienen peso real: el intendente Dante Velázquez confirmó que arranca la pavimentación de la avenida León Gieco, una arteria clave para la circulación urbana, para el acceso de estudiantes y para la vida cotidiana de un sector que creció de manera sostenida en los últimos años. No se trata de una promesa en el aire: la intervención comenzará de inmediato, abarcará 3.900 metros cuadrados y, según lo informado, será inaugurada antes del 24 de abril.

La definición tiene además una lectura política ineludible. Velázquez recordó que tiempo atrás existió la posibilidad de ejecutar esta obra con fondos nacionales, pero esos recursos, en lugar de convertirse en pavimento y progreso para La Quiaca, terminaron siendo devueltos en su totalidad. La explicación de fondo es tan dura como reveladora: cuando el dinero público está blindado por controles y rendiciones, no hay margen para desviarlo, y allí queda al desnudo quién entiende la función pública como servicio y quién la mira desde otro lugar.
En ese marco, el mensaje del intendente fue claro: los municipios pueden acceder a recursos, pero esos fondos no tienen otro destino legítimo que la comunidad. Y remarcó, además, que gracias a Dios los controles son fuertes, por lo cual no hay lugar para sospechas. La frase no sólo busca ordenar el debate institucional; también marca un estándar de gestión: administrar no es capturar recursos, sino volcarlos con eficiencia y transparencia en resolver problemas concretos. La avenida León Gieco es, precisamente, uno de esos problemas que ya podría haber estado resuelto hace tiempo.

Por eso la decisión actual tiene doble valor. Por un lado, porque repara una deuda urbana con una zona de alta circulación, donde se encuentra la Escuela Primaria N° 463 Jesús Olmedo, circula el transporte urbano Panamericano y viven numerosas familias que desde hace años reclamaban una mejora estructural. Por otro, porque el municipio decidió encarar la obra con fondos propios, mostrando capacidad de gestión, criterio de prioridades y una vocación de servicio que interpreta lo que muchos antes no quisieron comprender.
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Desde el área de Obras Públicas se precisó que la intervención se realizará con asfalto en frío, con tareas previas de movimiento de suelo, compactación y preparación integral de la superficie. Además, la Municipalidad deberá invertir en cordones, correcciones complementarias y en garantizar que los vecinos cuenten con las conexiones de servicios en regla antes de consolidar el pavimento, justamente para evitar futuras roturas. La obra llegará hasta la avenida Centenario, con posibilidad de continuidad en una etapa posterior.

Pero el anuncio no se agota en el asfalto. También se anticipó el recambio de luminarias y la intervención sobre un predio abandonado para transformarlo en un espacio de uso múltiple, fortaleciendo la lógica de obra integral. Esa mirada amplía el alcance del proyecto: no es sólo pavimentar una calle, es recuperar un corredor urbano estratégico y dignificar una parte de la ciudad que durante demasiado tiempo fue sinónimo de postergación.
Velázquez no esquivó el punto central: duele pensar que muchas de estas soluciones ya podrían estar operativas si antes hubiese existido verdadera comprensión de la vocación de servicio. Allí está la línea divisoria entre una administración que deja volver los recursos y otra que los convierte en respuestas. La política, al final, se mide menos por los discursos que por la capacidad de transformar tierra, abandono y demora en obra pública concreta, útil y visible. Y en la avenida León Gieco, La Quiaca empieza a ver justamente eso.
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