Villa Vil, en el departamento Belén, se recuesta a unos 2300 metros sobre el nivel del mar, entre montañas ocres, cardones y quebradas, justo donde la Prepuna empieza a conversar con la Puna. Es uno de esos destinos argentinos que todavía conservan el silencio, la hospitalidad y un paisaje capaz de sorprender detrás de cada curva.
Su gran postal son los Castillos de Villa Vil, ubicados a unos 15 kilómetros. El viento y el agua tallaron durante millones de años torres, agujas y paredones de diversos tonos que recuerdan una fortaleza gótica. La excursión combina un tramo vehicular con una caminata cercana a los cinco kilómetros, de dificultad media. También existen recorridos a caballo y circuitos de aproximadamente seis horas. Se recomienda ingresar con guía habilitado, consultar el clima y llevar agua, sombrero, protector solar y buen calzado. Durante el verano conviene evitar las horas de mayor calor.
Después de la caminata, el Complejo Termal de Villa Vil ofrece el contraste perfecto: piletones al aire libre, aire puneño y montañas alrededor. Se encuentra en el sector de Baños Grandes, a pocos kilómetros del casco urbano. Como los horarios, las tarifas y los servicios pueden modificarse, lo más prudente es confirmarlos con el área municipal de Turismo antes de viajar.
Villa Vil también forma parte de la Ruta del Telar. En este circuito continúa vivo el trabajo artesanal con lana de oveja, llama y vicuña. Ponchos, mantas, chales, medias y boinas nacen del hilado manual y del telar criollo. Comprar directamente a los productores permite conocer una tradición transmitida entre generaciones y, al mismo tiempo, acompañar la economía de las familias locales.
La cocina completa el viaje. En los comedores y alojamientos pueden aparecer empanadas catamarqueñas, locro, humita, tamales, cabrito, charqui, papines andinos, quesillos, dulces y arropes. La Hostería de Villa Vil cuenta con restaurante, bar y comida regional. Es recomendable reservar y consultar el menú con anticipación, ya que la oferta gastronómica es pequeña.
Para pasar la noche existen alternativas sencillas: la Hostería de Villa Vil, el Albergue Municipal y el Hostal Carlota Vázquez. En Barranca Larga se suma la Hostería Pirucha, mientras que Laguna Blanca posee hospedajes para quienes siguen rumbo a la Puna. Si se busca mayor variedad de hoteles, restaurantes y servicios, la ciudad de Belén funciona como una base práctica.
Lo ideal es permanecer dos noches: una jornada para recorrer los Castillos y otra para disfrutar de las termas, los telares y el pueblo. Con más tiempo, vale acercarse a Hualfín, situado a 34 kilómetros, con viñedos, sitios arqueológicos, una bodega municipal y otras aguas termales. Belén, conocida como la “Cuna del Poncho”, permite profundizar la tradición textil; Londres suma el valioso sitio arqueológico El Shincal de Quimivil. Hacia el norte, la Reserva de Biosfera Laguna Blanca abre la puerta a vicuñas, paisajes de altura y cultura pastoril.
Desde Buenos Aires, la alternativa más rápida es volar hasta San Fernando del Valle de Catamarca y alquilar un vehículo. Desde la capital provincial se continúa hacia Belén y luego por la Ruta Nacional 40 y los caminos provinciales que llevan a Puerta de Corral Quemado y Villa Vil. Quienes salgan en auto desde CABA deberían dividir el trayecto en dos jornadas. La RN 40 está asfaltada, aunque algunos accesos secundarios pueden ser de ripio; por eso, antes de partir resulta fundamental revisar el estado de los caminos, completar combustible y descargar mapas para utilizarlos sin conexión.
El otoño y la primavera ofrecen temperaturas más amables para caminar. En cualquier estación, la altura y la amplitud térmica obligan a llevar abrigo, agua y protección solar. Villa Vil no promete lujo ni multitudes: ofrece paisaje monumental, identidad andina y la sensación de haber llegado a un rincón de Catamarca que todavía conserva su propio ritmo.







