Conoceme por mis habilidades, no por mis discapacidades

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Las personas con discapacidad no necesitan ser incluidas en un lugar donde ya pertenecen.Hablar de inclusión como si fuera un favor es, en realidad, una forma de exclusión encubierta.Lo que debemos abordar es la calidad de vida, desde una mirada que contemple tanto los aspectos objetivos de la salud como los subjetivos del bienestar personal.

Crear un entorno físico y social más accesible no es un lujo: es una necesidad que puede reducir significativamente las dificultades que enfrenta una persona con discapacidad.

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Por eso, nunca fue más acertada la frase de Robert Hensel, activista estadounidense:> “Conóceme por mis habilidades, no por mis discapacidades.”En pocas palabras, Hensel resume una verdad que todavía nos cuesta asumir como sociedad:La discapacidad no define a la persona; la falta de oportunidades sí.

Y cuando digo que la discapacidad no define a la persona, también me tomo la libertad de afirmar que sí define a quienes tienen el poder: a quienes ocupan cargos de decisión, a los que dirigen los medios, a los que pueden actuar pero eligen mirar hacia otro lado.Porque son ellos quienes, con su falta de acción, limitan oportunidades y perpetúan desigualdades.Las personas con discapacidad no buscan privilegios, buscan equidad.

No piden lástima, sino respeto.Y, por sobre todo, reconocimiento por sus capacidades, sus talentos y sus aportes.El desafío hoy no pasa solo por la accesibilidad arquitectónica, sino por la accesibilidad social.Por construir un entorno donde la diferencia no excluya, sino que enriquezca.La discapacidad no impide lograr cosas; lo que lo impide, muchas veces, es la actitud de los otros.

El discurso de quienes nos representan debe transformarse en acción. Porque las personas con discapacidad también forman parte de este país: esperan decisiones, respeto, presupuesto y presencia.Esperan de los medios que los nombren y de la sociedad que los reconozca.No están ausentes. Están. Existen. Viven.

Tienen los mismos derechos que todos nosotros, aunque muchas veces sean los últimos en ser escuchados.Y mientras algunos siguen viéndolos como un “tema menor” o un “gasto no rentable”, ellos siguen demostrando que su valor no se mide por la discapacidad, sino por su capacidad de superarse cada día. 

Quizás el problema no esté en ellos, sino en nuestro adormecimiento del deber y del derecho de dar a cada uno lo que le corresponde.Porque la verdadera inclusión empieza cuando dejamos de mirar la discapacidad… y empezamos a ver a la persona.

Por Andrea Abrigo.

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