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Las protestas que se extienden como pólvora en el Viejo Continente expresan un malestar que combina precariedad económica, dificultades para acceder a la vivienda y deterioro de los servicios públicos. El ascenso electoral de la ultraderecha es una expresión del mismo fenómeno, pero con otros culpables: la responsabilidad de la crisis no es de las elites sino de los inmigrantes.
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