El sismo del 48: un cura en camisón

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El relato publicado el domingo 30 de agosto pasado sobre cómo se vivió en Cerrillos el terremoto de 1948, dio lugar a que varios de nuestros lectores –ya no quedan tantos- hicieran llegar sus recuerdos sobre los momentos que pasaron hace 78 años. Me pareció interesante recopilar algunas de esas experiencias y darlas a conocer porque creo que algunas de ellas pueden ser de suma utilidad para este «tiempo de sismos y temblores». Lamentablemente, por problemas de espacio solo podemos publicar cuatro o cinco vivencias del terremoto que a mitad del siglo veinte dejó a los salteños una marca a fuego.

El primer testimonio es el que Cesar Perdiguero nos dejó cuando cuatro días después que El Tribuno saliera por primera vez a la calle (21.8.1949) contara en «La Columna Noctámbula», que un año antes, el terremoto lo había sorprendido cuando bajaba de la Estación de Trenes por Balcarce: «Vi a la distancia –cuenta- que la calle se ondulaba. Era el temblor…».

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El Profesor Eduardo Poma, por 1948 un niño, nos entrega su vivencia: «Ya no existen personas a quien preguntarles lo ocurrido en esa fatídica madrugada del 25 de agosto de 1948.

Es que los que tenían 6, 7 u 8 años graban en su memoria las fuertes impresiones, aunque sin muchos detalles.

Pero en mi caso particular, yo percibía –entre sueños porque no podía despertarme– ruidos como de un tren de pasajeros, que me encantaba mirar en el fondo de la casa de mi abuela materna, Luisa Poma de Leavy, y también sentía ruidos de vidrios rotos. Cuando logré despertarme vi un cuadro inclinado con un vidrio que reflejaba la luz -que no se cortó- de la calle, y en la cara y en la ropa palpé arena que se había desprendido del revoque.

Me levanté y al ver que no había nadie, subí por el balcón y salté a la vereda. Todo era muy extraño e irreal (lo digo con palabras actuales para expresar esas sensaciones). Había mucha gente en la calle, con ropas pintorescas como señoras con sacos sobre sus camisones. Pero no podía conseguir que me atiendan… preguntaba y preguntaba a mi madre y vecinos qué había pasado, y la respuesta era solo el silencio que reflejaba en sus rostros el terror todavía presente de ese largo minuto que les pareció ser el fin.

Poco a poco la calma renació y me contaron que mi madre sacó a mi hermana Marta de dos años en los brazos, y mi padre a mi hermano Ricardo de cuatro mientras yo pasé todo el movimiento soñando con un tren de pasajeros, que siempre en la escuela intentaba dibujar.

A la media hora fuimos a la casa de mi abuela, a unas dos cuadras, donde se había quedado a dormir mi otra hermana María Lidia, no habiendo causado ningún daño en la casa, como casi todas las del pueblo. Cuando íbamos camino a mi abuela, al pasar por la casa del doctor Alberto Caro, vimos a su familia arropada y sentada en sillones en la vereda, como ocurrió por varias noches en casi todo el pueblo.

Es todo lo que logro recordar, pero en las personas mayores fue tal la impresión vivida, que volcaron su gratitud en el Señor del Milagro y su Madre Santísima, los nuevos Patrones tutelares del pueblo, y cuyo culto no dejó de crecer hasta hoy».

Don Humberto Oliver que ahora y desde hace años, vive en Cachi, contó a El Tribuno que la noche del terremoto (25-8- 1948) lo sorprendió mientras dormía en el internado del Colegio Belgrano de Salta. «Recuerdo –dice- que los dormitorios estaban en el primer piso. El sacudón nos despertó a todos y de inmediato saltamos de la cama para tratar de ponernos a salvo. Corrimos hacia las escaleras sin respetar los carteles que aconsejaban cómo actuar en caso de emergencia.

¡Qué diablos! Con el susto que teníamos bajamos a los saltos y desordenadamente los escalones hasta que alcanzamos el patio de planta baja donde nos tranquilizamos un poco. Recuerdo que en las escaleras varios se golpearon y tropezaron pero por suerte no pasó a mayores pues podría haber ocurrido una desgracia. Cuando ya estábamos en el patio llegaron dos padres que deben haber estado tan asustados como nosotros pero que de inmediato pusieron un poco de orden. Allí permanecimos hasta el amanecer que es cuando nos permitieron regresar a la planta alta e ingresar a los dormitorios. Ese día no tuvimos clases a consecuencia de las réplicas del sismo que recuerdo fueron varias en el día. También me acuerdo que en el transcurso de la mañana algunos de nuestros compañeros de internado fueron retirados del colegio por sus padres. Otros, debieron quedarse en el colegio pues no vivían en la ciudad».

Este testimonio de Oliver es importante pues sirve para retomar las prácticas de los simulacros de incendios y de sismos. Se debe insistir con ellos en todos los edificios públicos para evitar males mayores en casos de emergencia.

La señora Julia Plaza, hija de don Rafael Plaza ya fallecido, cuenta que por sus padres sabe de los momentos que vivieron la noche del terremoto de 1948. El matrimonio con un hijo de meses estaba residiendo temporalmente en la primera cuadra de la calle Mariano Boedo (prolongación este de Alvarado) y que por entonces era uno de los acceso a la ciudad bajando del Portezuelo. Esa arteria era parte del camino que iba a la Destilería Chachapoyas y que pasaba frente al Monumento al General Güemes (hoy Avda. Uruguay). El hecho es que aquella noche la familia Plaza estaba alojada en una de las viviendas de calle Boedo primera cuadra, a no más de 40 metros de la ladera sur del cerro San Bernardo. Al producirse el sismo la familia salió atemorizada a la calle al igual que otros vecinos. Fue entonces que pudieron ver cómo desde el cerro caían inmensos pedrones que rodando cuesta abajo y con gran estruendo, llegaban hasta la calle que a poco quedó sembrada de piedras de gran tamaño. «Y una de ellas –contaba don Rafael- cruzó la calle y dio con violencia contra una pared de la mano sur causando un boquete». Esto hizo que toda la gente se alejara rápidamente del lugar hasta alcanzar el puente de la calle Alvarado, ya en el actual canal de la avenida Hipólito Yrigoyen.

Este testimonio resulta sumamente importante ya que con posterioridad al terremoto, se permitió la construcción de numerosos edificios por encima de la cota oportunamente establecida para los faldeos del San Bernardo.

Una madrugada entre sustos

Finalmente tenemos el testimonio del doctor Luis García Vidal que nos cuenta lo ocurrido en pleno centro de nuestra ciudad:

«Mi recuerdo –dice- es haber sido despertado por mi madre y previo abrigo, me despachó a la calle, no a las aceras, y esperar. Ella llegó después con mi abuela Dolores y las señoritas que trabajaban en la casa. El único ocupante que se quedó en la cama renegando por los ruidos que hacíamos los miedosos fue mi abuelo (Don José Vidal), quien sostenía que la casa no se caería cualquiera fuera la intensidad sísmica «porque la había hecho él».

El espectáculo ofrecido por los vecinos y sobre todo por las vecinas de «buen ver» en camisones transparentes y chinelas valió la pena y hasta el terremoto. Pero la perla de esa noche fue ver al ilustre vecino Monseñor Fuenteseca, Prior de la Catedral -en Jerarquía seguía a Monseñor Tavella, el Arzobispo- correr despavorido en camisón corto, pata pila y con sus piernas delgaditas y blancas como la leche».

Cabe acotar que por entonces muchos varones solían usar camisones para dormir. La diferencia estaba en que solo las féminas usaban esas prendas con sutiles transparencias. El problema fue que aquella noche muchos salieron con prendas cambiadas: hombres con transparencias y señoras con opacidades. En fin, «Cosa veredes, Sancho, que non crederes».

Quedan para otra oportunidad las experiencias de quienes debieron por varias noches dormir en sillones acomodados en las veredas; de quienes lo hicieron en automóviles o en un coche de plaza a los que obviamente se les retiraban los equinos. Según dicen, los cocheros hicieron buenos pesos alquilando sus carruajes.

El Ferrocarril Belgrano también hizo su aporte permitiendo que en los vagones de pasajeros estacionados en la playa se pudieran alojar vecinos que por temor no querían regresar a sus casas. Eso acarreó algunos inconvenientes cuando luego de dos o tres días, algunos no querían abandonar los vagones. Además, surgió un problema con los sanitarios. Recordemos que como los coches de entonces carecían de baños químicos, las aguas mayores y menores de los baños, caían directamente en el suelo de la playa ferroviaria, razón por la cual la formación debía ser movida a diario del sitio para tratar de impedir que la hedentina trasminara el lugar. Finalmente debió intervenir la Policía Federal para evitar que las «aromas» llegaran hasta a la plaza 9 de Julio.

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