La discapacidad más allá del concepto

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Cuando el derecho se convierte en lucha diaria y la burocracia en una barrera más cruel que la enfermedad.

La discapacidad no es un concepto técnico ni un casillero en un formulario. Es una realidad que desgarra y que las familias cargan todos los días. El mundo pierde su brillo cuando la lucha contra la burocracia se vuelve tan asfixiante como la propia enfermedad: miedo, impotencia y trámites interminables se mezclan en un aire envenenado.La escena es conocida.

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Un empleado repite, como una oración aprendida de memoria, que no puede autorizar lo esencial. Del otro lado, una madre o un padre escucha que lo urgente no entra en el presupuesto, que la medicación no está cubierta, que hay faltante de sillas posturales. Mientras tanto, un niño se retuerce de dolor en brazos que ya no tienen fuerzas, pero sí amor suficiente para sostener lo insoportable.La discapacidad, en este país, es injusticia.

Es la prótesis que nunca llega, la que permitiría a un padre caminar al altar del brazo de su hija. Es la falta de apoyo integral: ni psicólogos ni psiquiatras accesibles para las familias que sostienen, porque todo se paga aparte. Y cada peso destinado a ese acompañamiento es un peso menos para medicamentos, alimentos o, simplemente, un respiro en la rutina que convierte la casa en una cárcel.La discapacidad también es un silencio mediático. Es la apatía de diarios y periodistas que eligen mirar hacia otro lado, que no hacen de este drama una cruzada colectiva. Y es también la indiferencia de muchos comunicadores que todavía no comprenden que pueden mucho más de lo que imaginan: que una sola nota puede visibilizar, que una sola voz puede abrir puertas, que una sola investigación puede torcer voluntades políticas.

Los periodistas tienen una herramienta poderosa que podría acercarnos a toda la sociedad: mostrar que la vida es noticia, que la discapacidad es más que un concepto. Ellos llegaron a ese lugar por vocación y, desde allí, podrían ser el picaporte de tantas puertas cerradas.Pregúntenle a cualquier familia: la discapacidad no se mide en papeles nidiagnósticos. Es una batalla diaria en la que un sello, un trámite o un faltante puede decidir entre la vida y la muerte.

La pregunta es: hasta cuándo vamos a permitir que la discapacidad sea sinónimo de abandono.Es hora de que el Estado, las obras sociales y los medios de comunicación asuman la responsabilidad de acompañar. Porque la indiferencia también mata.

Por Andrea Elvira Abrigo.

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